La triple jornada invisibilizada. Madres profesionistas en tiempos de pandemia. Experiencia CDMX.

Por Citlalli Rivera

¿Recuerdan cuál fue una de las primeras medidas que declaró el estado en cuarentena para la CDMX? Así es, Los niños tomarían dos semanas antes las vacaciones de Semana Santa. Dicho aviso se hizo con una semana de anticipación.

Como madre soltera y emprendedora, mi primera reacción fue intentar continuar con mi rutina el mayor tiempo posible; escuela presencial de mi hijo y mi trabajo. Mientras que en otras familias la reacción fue dejar de llevar a los niños desde que se dio el aviso para no exponerlos a un virus totalmente desconocido. Recuerdo haberme sentido culpable.

A partir de ese momento, mi vida y la de muchas mujeres a nivel mundial se convirtió en un “hacer malabares” para realizar una triple jornada. Pero vamos por pasos. Primero, revisemos cuál era el contexto general de las mujeres profesionistas — madres, antes de la pandemia.

Doble jornada, ¿por qué y en qué se basa?

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De acuerdo con Hannah Arendt el ideal de vida cotidiana está compuesta por cuatro esferas:

1. Esfera productiva (trabajo remunerado)

2. Esfera reproductiva (labores de cuidado, actividades para la reproducción de la vida)

3. Esfera propia (actividades para nosotros, hobbies, deporte, etc.)

4. Esfera comunitaria (actividades para el bienestar de la comunidad)

Estas cuatro esferas deben contar con la misma relevancia, entrelazadas entre sí, para obtener un bienestar personal. Sin embargo, en el sistema capitalista y patriarcal en el que nos encontramos se toma con más relevancia la esfera productiva, dejando a las otras esferas con menor cuidado y segregadas a un nivel imaginario social.

La esfera reproductiva, que abarca todas las labores de cuidado y domésticas ha quedado invisibilizada. Las desigualdades de género son reproducidas. Los hombres se dedican a tareas menos rutinarias dentro del hogar; reparar un desperfecto en casa, jugar con los hijos o “ayudar” en quehaceres. Mientras que las mujeres se encargan de las labores cotidianas relacionadas con la alimentación, cuidado e higiene, lo cual es visto como una obligación.

Esta labor consume tiempo, energía física, mental y emocional. A la fecha no existe una remuneración, aun cuando es parte vital del desarrollo económico ya que, en el caso de la maternidad va ligada al desarrollo y crianza de las siguientes generaciones que estarán activas económicamente en la sociedad. En consecuencia, es una responsabilidad y labor que debe ocupar a todos como sociedad.

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De acuerdo con datos estadísticos de INEGI 2018 si se contabiliza el trabajo realizado dentro y fuera del hogar, las mujeres hacen 20.6% más que los hombres. Las mujeres dedicamos el 65% de nuestro tiempo a labores de cuidado no remuneradas. Económicamente el valor de estas labores de cuidado, en 2016 superó los 4.6 billones de pesos. El 73.5% de este trabajo fue hecho por mujeres durante 2,027 millones de horas (INEGI, 2018). El colapso económico al no haber labores de cuidado sería evidente y catastrófico.

A esto le podemos sumar la desigualdad salarial de género. En donde las mujeres que son proveedoras económicamente (28.7% de los hogares a nivel nacional) tienen un ingreso por trabajo 60.6% menor que los hogares en los que la persona proveedora económicamente es un hombre (ENIGH Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, 2016).

Por estas razones, las mujeres profesionistas con vida familiar (cuál sea la estructura de su elección), desarrollan una doble jornada laboral. Incluso para aumentar su presencia en la esfera productiva, estas labores de cuidado son delegadas, normalmente a otras mujeres, pagando por servicios de limpieza o cuidado de infantes. En este contexto se da por entendido que no hay éxito y presencia profesional sin el gran respaldo de estas labores de cuidado.

Esta doble jornada impacta directamente las otras dos esferas; la propia y la comunitaria. Limitando las actividades de salud personal, así como su participación en organizaciones comunitarias. Las mujeres somos el sostén de la economía, lo cual es poco reconocido e invisibilidazado. De manera cultural, esto está ligado a un sentimiento de culpa social basado en la asunción de hacer las cosas por “amor”, lo que genera la abnegación de las personas cuidadoras (y sí, en su mayoría: mujeres).

Silvia Federici culpa esta invisibilización a la llegada del capitalismo. “Al negar el salario a las labores de cuidado y convertirlo en un acto de amor, ha obtenido una gran cantidad de trabajo casi gratuito. Se ha creado al ama de casa para servir al trabajador masculino, para criar a sus hijos, coser sus calcetines y remendar su ego cuando esté destruido a causa del trabajo y de las (solitarias) relaciones sociales que el capital le ha reservado”.

Se nos educa para darnos a los demás. Se deja de lado el valorar el autocuidado pensarse a sí mismas, ser capaces de priorizarse, de tomar decisiones que favorezcan la autoestima. La salud y la afectividad quedan de lado. Tal parece, no necesitamos descanso. No requerimos hacer labores de socialización. Sólo estamos para cumplir, de la mejor manera posible el rol asignado dentro de la esfera reproductiva.

Hoy en época de pandemia la doble jornada habitual se ha vuelto tripartita. La falta de servicios de educación con un programa adecuado, el cierre indefinido de estancias de cuidado a los infantes, la respuesta poco satisfactoria por parte de las autoridades involucradas han contribuido a esto. Medidas como el cierre indefinido lo considero necesario para detener la propagación. Sin embargo, es indispensable poner atención a las repercusiones sociales y emocionales que conlleva el establecer medidas generalizando una idea de bienestar social.

Triple jornada en tiempos de pandemia en CDMX. Experiencia personal

En mi caso, tardé en asimilar y tomar las medidas necesarias. Mi negación tenía un sustento. Mi principal molestia fue darme cuenta que se da por sentado que quienes hacemos estas labores de cuidado (generalmente mujeres), es nuestra obligación estar, solucionaremos nuestros tiempos y agenda para poder lograrlo.

Mi experiencia se replicó en una especie de espejo con diferentes aristas. Comencé a escuchar historias en las que llevaban a los niños a los trabajos, ¿Qué acaso esto no los exponía más? Comencé a llamar a las personas de mi red de apoyo: hermana, madre (red de mujeres. El padre en ese momento, no era opción) y comencé a seccionar mis días para poder continuar con mis proyectos laborares.

Desde la primera semana fue visible que no daba la misma calidad de tiempo ni en casa con mi hijo, ni en el trabajo. Con la lluvia de problemas económicos que cayeron (falta de finiquitos, deudas con proveedores, pago de salarios, proyectos congelados, etc.) comenzaron las clases en línea. Era necesario asegurar que mi hijo estuviera conectado y contara con todas las herramientas para llevar lo mejor posible el día escolar.

El esfuerzo de las maestras y directoras (casi todas mujeres) fue evidente desde el comienzo. Me uní al esfuerzo de la escuela y decidí emprender la jornada escolar junto a mi hijo para que no perdiera temas de importancia. Me importaba que él continuara aprendiendo y socializando en la medida de lo posible.

Esta decisión implicó estar en casa con mi hijo hasta que culminara las clases. Si me trasladaba fuera del hogar, él no tendría todos los libros y útiles a la mano. Esto me impidió asistir en aquél horario a mi espacio laboral, donde seguíamos evaluando opciones para darle un giro a la situación. Por otro lado, la pandemia también acentuó, aún más, las grandes diferencias de tener un trabajo profesional informal, sin prestaciones, seguridad social o estabilidad económica.

Con el tiempo me fui adaptando y logrando estar presente en las labores de cuidado, profesionales, y las nuevas de acompañamiento escolar. Sin embargo, las actividades de ocio y esparcimiento propio fueron disminuyendo hasta casi desaparecer. ¿Tuvo ventajas? Sí, la relación emocional entre mi hijo y yo creció muchísimo. El momento de introspección cayó justo en un punto que necesitaba para mi vida personal. Pero todo esto en distintas formas y como toda la evolución emocional de algo incierto ha ido mudando por etapas: disfrutar la casa, buscar actividades, acomodar, falta de energía, coraje, desmotivación, incertidumbre, ideas nuevas, desechar algunas, continuar con otras, tristeza, motivación y a veces todas en un mismo día.

Sumado a la alerta económica y la incertidumbre generalizada, la primera noticia que personalmente me hizo sentir que las distintas situaciones que estaba enfrentando ya excedía mi nivel de control y optimismo, fue el cierre del colegio de mi hijo. Debido a que muchos padres detuvieron la colegiatura mensual por esta incertidumbre y crisis. Escuchar que amigos regresaban a las casas de sus padres por no poder pagar la renta o en camino de regreso a casa ver las filas de gente afuera de las casas de empeño u oficinas de afores. Este escenario me ha nublado la cabeza. Es un ambiente donde el optimismo y motivación me han costado cinco veces más de lo que estaba acostumbrada.

URBANAS MX: Covid, incertidumbre, esperanza y autogestión.

La carga mental y la suma de las horas dedicadas al trabajo, tanto remunerado como no remunerado, incrementan el estrés, alteran las condiciones físicas y mentales y se incrementan las responsabilidades de todos para tener los suministros necesarios en casa, oficina y escuela.

Las labores de cuidado han aumentado pero la distribución de las responsabilidades ligadas al género, NO.

El reconocimiento de estas labores, su reflejo y aceptación de forma monetaria a todas las personas cuidadoras (en su mayoría mujeres) desde antes ya exigía una re valorización que incluyera no solo el reconocimiento social, sino un establecimiento de cuidados, prestaciones, acceso a programas de salud y económicos.

Culturalmente se da por sentado una abnegación a estas labores de crianza que realmente molesta. Esta situación se vio al no existir una solución palpable, real e inclusiva para las madres (padres, en pocos casos) para que pudieran continuar laborando.

Se va generando una red de cuidados entre más mujeres. Generalmente sin remuneración. Apoyando y sin queja porque, “¿cómo nos vamos a quejar, si nosotras decidimos tener familia?”. Estas preguntas han sido impuestas por arraigo de un sistema basado en un control por amor — obligación. De esta manera la esfera propia y el autocuidado queda en último plano. Es limitado por culpa social y paradigmas establecidos históricamente sin que se cuestione a las contrapartes masculinas o bien se les justifique.

Habemos mujeres que han tenido la opción de hacer trabajo en casa pero sorteando las otras dos jornadas; la de madres y acompañantes escolares, mujeres que han perdido su fuente de ingresos si se dedicaban al comercio informal, mujeres que se han visto en la necesidad de recurrir a todo tipo de trabajos. Este es un problema social que debe ser abordado por la política pública de manera inmediata.

Pese a que esta carga de trabajo invisible es lo que ha sostenido a los hogares, los sistemas de salud y la economía no han estado a la altura de las necesidades. Ninguno se ha ajustado a los niveles de necesidad económica, emocional o social que permita a una persona seguir sosteniendo las esferas productiva y reproductiva, teniendo en cuenta que ambas están a su cargo.

La reacción del Estado ha sido muy débil, gris, con una mano tibia y dispar. Reflejado en la implementación de medidas generalizadas a una idea falsa de bienestar familiar, que solo perjudican la organización de este primer núcleo social. Ejemplo de esto es una educación en línea sin un asesoramiento adecuado. Se ha asumido que todos podemos trabajar desde casa, que contamos con el espacio necesario para estas dos labores o bien que tenemos los recursos tanto afectivos, sociales y económicos para hacerlo posible.

Sí, nos hemos tenido que “volver más creativos”. Pero esta es una idea en la que se demuestra cómo se delega la obligación del Estado a ese esfuerzo a una escala de organización social, en donde los principales esfuerzos por reactivar la economía, se ha vuelto de organizaciones civiles y privadas.

Necesitamos políticas públicas que realmente apoyen a las personas cuidadoras, mujeres en su mayoría, (enfatizo como demostración) como la base de la economía y no a las empresas. Durante esta ya prolongada “cuarentena” ha quedado claro que la respuesta ha venido de los sectores de trabajo como el de las mujeres y no de las grandes asociaciones.

Personalmente, siento hartazgo, cansancio y enojo. El sistema capitalista y patriarcal, tiene una deuda histórica muy fuerte con el rol social al que se nos ha impuesto como mujeres. Ya basta de esta invisibilización, de este no reconocimiento, de una cultura de amor ligado a la culpa, de asumir la abnegación como parte de nuestro papel como madres.

Y “si la culpa es patriarcal, el placer es feminista” (Red de Mujeres). Rompamos el ciclo desde nosotras, empecemos por contar nuestras experiencia para reconocernos, valorizarnos y visibilizarnos como parte esencial de la estructura socioeconómica. Sin nosotras no hay sostén económico, ni familiar, ni a nivel nacional, siempre es momento de demandar nuestros derechos.

Este escrito es mi esfuerzo por lograrlo, las invito a compartir su experiencia. Este espacio lo abrimos un grupo de mujeres, como un espacio seguro e informativo para expresarnos, para exigir lo que merecemos. Este espacio es tuyo, mío ¡nuestro!

Aporte bibliográfico: Sheila Espinosa

Arte gráfico: Citlalli Rivera

Corrección de estilo: Mirelle Granillo

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